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"Luego de dos siglos de paz, la sombra de una amenaza antigua vuelve a acechar a los Reinos Hermanos. En Ormuz, el Reino de los Hombres, un viejo mago recibe una inusual advertencia; en Alvaheim, el Bosque de los Elfos, extraños sucesos, demasiados para ser simples coincidencias, parecen corroborar los temores del anciano. En el norte desconocido, una fortaleza se levanta en secreto, y un antiguo símbolo de odio se enarbola desde lo alto de sus atalayas, levantadas con hierro, piedra y huesos. Hombres, Elfos, Enanos y Centauros deberán mantener vivas las Alianzas, que hermanan a sus naciones, para enfrentar la amenaza que se cierne desde el norte. La esperanza radica en la sabiduría recopilada en un antiguo libro desconocido y en los poderes de una extraña criatura de leyenda: el Jaguar Dorado. ¿Dónde se oculta esta criatura? ¿Cuál es su auténtica naturaleza? Un joven aprendiz de la Corte de Magos de Ormuz, puede ser la clave para desvelar este misterio místico, que marcará para siempre el futuro de cada pueblo y estirpe a lo largo y ancho de la Tierra de las Cordilleras..."

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sábado, 1 de mayo de 2021

SOBRE LA ESTATUA DE ANTONIO NARIÑO EN PASTO

La historia de la campaña libertadora en el Sur de Colombia resulta un tema delicado, en especial porque implica una gran mácula en aquella gesta que pretendía alcanzar la libertad de la América Hispana. La sombra de la “Navidad Negra” extiende sus alas desde 1822 sobre mi ciudad, tal vez clamando por que, algún día, Colombia reconozca el terrible crimen de aquella noche, cuando los batallones Rifles, Vargas, Bogotá y Milicias de Quito, entre otros, desataron su barbarie sobre la ciudad de Pasto.

El problema de las heridas que no sanan, que quedan abiertas sin que nadie se preocupe por restañar la sangre, es que muchas veces estas heridas crecen por sí solas y, en conjunto con las nuevas heridas que se acumulan a través de la historia, además de la ignorancia y el desconocimiento general en el que muchas veces las generaciones se encuentran inmersas, (acostumbradas como están, hoy en día, a la inmediatez de la virtualidad), terminan ejerciendo juicios absurdos en contra de las personas equivocadas. Las heridas se extienden y la sangre que brota termina salpicando, en las mentes enardecidas, a las personas y a los recuerdos equivocados.

No es lo mismo derribar la estatua de Sebastián de Belalcázar, a derribar la estatua de Antonio Nariño. El monumento del conquistador, a la larga, no es más que la representación idealizada de un genocidio a nivel continental, de la extinción de cientos de pueblos y culturas, que nos invitan, desde el pasado remoto, a tratar de ver la historia desde nuevas perspectivas, ya que, como afirmó Oscar Wilde: “El único deber que tenemos con la historia, es el de escribirla de nuevo”.

 Antonio Nariño, contrario a Belalcázar, no vino a América desde el viejo mundo a buscar fortuna; el precursor sacrificó su vida, su fortuna, el sustento mismo de su familia, en pos de un sueño que aún en el día de hoy resulta lejano: la libertad de aquella América Mestiza en la que había nacido. Tampoco es justo equiparar su figura y sus acciones en Pasto, con las de Bolívar o Boves. Nariño, ese “gran vencido” como afirma Sergio Elías Ortiz en su obra “Agustín Agualongo y su Tiempo” (1974), logró en su momento demostrar, con su verbo y sus ideas, la grandeza de su espíritu, llegando a ganar la admiración del pueblo pastuso que, pocos instantes atrás, clamaba por su cabeza.

 Si bien fue la lucha contra España la razón por la que Nariño llegó a Pasto, el Precursor fue un adversario honorable, un caballero digno ya que si bien luchó contra los habitantes que le plantaron cara en franca lid, no fue cruel con los habitantes de Pasto, como posteriormente fueron el General Salom o Cruz Paredes; tampoco fue un cobarde como Benito Boves, quien luego de alebrestar los ánimos de la ciudad y romper la capitulación con la que Basilio García y el ayuntamiento de Pasto acordaban la paz con Bolívar, escapó pese a que las milicias de la ciudad continuaban luchando con uñas y dientes, huyendo hacia el Putumayo, en palabras de Ortiz: “a uña de buen caballo”, abandonando a Agualongo y a la ciudad a su suerte, “en el momento supremo de vender cara la vida.” Nariño, solo, hambriento, desarmado y encadenado, se enfrentó a toda la ciudad sin más aliados que sus sueños y su sabiduría. No salió corriendo como Boves, a quien Ortiz describe como: “Un personaje que iba a ser fatal para la ciudad”. El Precursor tuvo el valor de defender sus ideales con las manos desnudas.

 Es aquí cuando debemos recordar las palabras de Lewis Wallace en “Ben-Hur” cuando afirma: “Cuando anhelamos justicia para nosotros mismos, jamás es prudente ser injustos con los demás. Al negar valor en el enemigo al cual hemos derrotado, rebajamos nuestra victoria. Si el enemigo ha sido lo bastante fuerte para mantenernos a distancia y mucho más si lo ha sido para vencernos…, nuestra propia estimación nos obliga a buscar otras explicaciones a nuestras desgracias que la de acusarle de poseer cualidades inferiores a las nuestras propias.”

 Ése es el problema con las heridas abiertas y el desconocimiento de lo importante en pro de luchar por lo urgente; pues, una vez se han fusionado, terminan extendiendo un manto de odio sobre todo aquello que se le parece remotamente. Ése es el problema de la humanidad cuando renuncia a la individualidad y se deja unificar en una masa furiosa. Ése es el problema de querer replicar acciones sin sopesar las razones que las respaldan. De otro modo, reflexionen en la soledad de sus almas: ¿Cómo esperan que la policía, iracunda y protegida por los poderes estatales, respete los derechos humanos de los manifestantes que reclaman con justicia por su integridad vulnerada, si es, precisamente, la efigie del precursor que tradujo los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1793, la que acaba de ser derribada?

Las manifestaciones en contra de la cruel reforma tributaria con la que este gobierno endeble pretende subyugarnos, por medio de su democracia fachada, son más que justas y necesarias. El clamor popular de todos los colombianos es, tal vez, la única manera de enfrentar las decisiones absurdas de una élite gobernante inepta y amparada en la ley del garrote y el calabozo. Y es precisamente debido a lo anterior que derribar la efigie de Nariño,  tal vez por la simple razón de no quedarnos atrás y emular las acciones que tuvieron lugar en Cali, no es más que una triste mácula en la justa y verdadera lucha de los colombianos y, específicamente, de los pastusos, por evitar que el mal gobierno de Duque nos arrebate el sustento. De ahí la importancia de que, en adelante, los manifestantes eviten que sus acciones puedan ser empleadas por los poderosos para justificar sus arbitrariedades ya que, como afirma Liliana Bodoc en “Los Días del Venado” (2000): “Pobres de nosotros si olvidamos que somos un telar y que, no importa dónde se corte el hilo, de allí Misáianes (el Odio Eterno) comenzará a tirar hasta deshacer el paisaje.”

 Juan David Bastidas Pantoja.






Fotos tomadas del libro "Agustín Agualongo y su Tiempo" del autor nariñense Sergio Elías Ortiz.

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